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feb
10
La historia al abrigo de la ensenada de La Maruca

La historia al abrigo de la ensenada de La Maruca

 

La vida en torno a la ensenada de La Maruca se ha desarrollado a lo largo de su historia entre la lucha por la supervivencia básica, que para muchos estaba en el mar, y la resistencia contra los peligros que amenazaban a la población desde la costa. Los numerosos yacimientos arqueológicos documentados en el entorno de este pequeño puerto natural son la evidencia de que desde la Prehistoria los habitantes de La Maruca ya eran pescadores y mariscadores.

 

La vida cotidiana para los habitantes de esta franja costera que ahora conocemos como Monte permaneció prácticamente inalterable durante siglos, dedicados a la pesca, la ganadería y al cultivo de huertos, viñas y campos de maíz. De estos modos de vida seculares han sobrevivido el singular molino de marea de Aldama, sobre la ría de San Pedro del Mar, y un paisaje en mosaico dibujado por la intensa parcelación de la campiña costera mediante muros de piedra seca, una técnica de construcción tradicional que ha sido declarada por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

 

En la literatura y el imaginario popular se cuentan también las incursiones de piratas hasta la costa para saquear las propiedades de los lugareños. Pero fueron los conflictos bélicos que amenazaron a la ciudad en el siglo XIX los que dieron pie a la fortificación de los puntos más vulnerables de la zona.

 

 

El itinerario llamado ‘La historia al abrigo de la ensenada de La Maruca’ comienza precisamente a unos metros del lugar que ocupó la magnífica Batería de San Pedro, en el pequeño cabo que cierra la ensenada por el este y donde hoy se asienta el Centro de Interpretación del Litoral.

La Maruca

 

En 2001 se hallaron restos de un enterramiento datado en época altomedieval y que pertenecería a un templo cristiano. Todo apunta a que la estructura defensiva heredaría el nombre del edificio religioso. La primera referencia documentada a la batería de San Pedro es el plano realizado por el canónigo Zuyer y data de 1660.

 

Restos Batería (Miniatura)

El edificio se mantuvo intacto hasta que un incidente con tropas inglesas en 1806, que tomaron el control de la batería durante un día, llevó a una reforma integral diseñada por el ingeniero militar Juan Giraldo, quien amplió las instalaciones y reforzó el conjunto con la construcción de un muro de mampostería. En 1974, cuando las tropas carlistas amenazaban con entrar en Santander, se reforzó de nuevo la estructura defensiva y se construyó un muro de mampostería hacia el sur que conectaba con el fuerte de Corbanera, a unos 600 metros.

 

Una pequeña sección de ese muro aún sigue en pie, en parte reformado y en parte con la mampostería original, a unos metros del antiguo emplazamiento de la batería de San Pedro, que llegó a ocupar una superficie de 1.800 metros cuadrados y albergaba cuatro cañones de 24 libras que desplazaban una bala de 12 kilos a varios kilómetros.

 

La Maruca dsc2015 (Miniatura)

Desde los restos del antiguo muro, la ruta avanza en paralelo a la ensenada hacia el punto donde el arroyo de La Tejona se convierte en la ría de San Pedro del Mar. En ese cruce de aguas encontramos uno de los edificios que representa la vida cotidiana y el ingenio de unos pobladores que también supieron aprovechar el mar como fuente de energía.

 

El molino de Aldama fue construido en 1795 en mampostería y se destinó a moler cereal hasta el siglo XIX (hoy en día, la casa de molienda alberga un vivero de marisco). Esta construcción es un claro testimonio del hábil aprovechamiento de los recursos hidráulicos como fuente de energía en la sociedad preindustrial, en este caso mediante el aprovechamiento de las mareas que se producen en la ría.

 

El visitante aún puede ver los restos del puente, el muro de cierre, la presa y su hueco de captación rematado con bóveda rebajada.

 

La Maruca _DSC2037 (Real)

A unos minutos de allí, en un pequeño alto, espera la siguiente parada de la ruta: el castillo de Corbanera. Rodeado de un muro perimetral de 50 metros de diámetro, este fuerte formaba parte del entramado defensivo construido en 1874 con motivo de la tercera Guerra Carlista.

 

Tras la derrota republicana en Montejurra, las tropas carlistas iniciaron un avance hacia el norte, amenazando con alcanzar Santander, principal base logística en el norte y pobremente defendida en aquellos momentos. Así que las autoridades de la época decidieron reforzar la defensa de la ciudad con la construcción de una muralla en sentido norte-sur que cerrase el paso por tierra a la península.

 


_DSC2061 (Real)
La muralla contaba con baluartes intercalados en posiciones estratégicas. Partiendo de la Batería de San Pedro y el Castillo de Corbanera, la línea de defensa recorría el Fuerte del Alto de San Miguel, el Castillo de la Albericia, el Fuerte de Pronillo o de Riva-Herrera y las puertas fortificadas de este sitio y de Cuatro Caminos, hasta finalizar en el Fuerte de la Mar, cerca del antiguo Fuerte de Santa Cruz, en la aldea de Balbuena, ya a orillas del mar en el actual barrio de Pedro Velarde.

 

De regreso a la ensenada, la senda costera que sigue hacia el este y llega hasta Cabo Mayor recorre varios yacimientos arqueológicos que muestran una presencia humana persistente en la zona desde el Paleolítico Inferior.

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